Voalá!

miércoles 7 de diciembre de 2011

Un héroe

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Despierto desnudo sobre un charco de orín. La luz del sol me castiga el rostro y el hedor a óxido y medicamento se mete hasta la última célula del cerebro. Repto hasta la regadera y la vertical activa una resaca punzante en la nuca. Varias horas antes un hombre claro quien se identificó como El Licenciado, me encargó, entre tragos, matar a un sujeto de quien ignoro mayores datos, sólo que antes del medio día deberá estar muerto dentro del mercado más grande de la ciudad.

El golpe de agua fría me sorprende, y con él un recuerdo de aquellos días como cadete del Colegio Militar, cuando un cabo de rasgos duros me preguntó con voz monocorde: agua fría o caliente. Era el primer día de muchos fuera de casa, interno por voluntad propia buscando ser el orgullo de una familia repleta de fracasos. Caliente, conteste, entonces el militar señaló hacia una puerta de donde salían pujidos y mentadas de madre. Esa mañana y las que siguieron aguanté como pude el hirviente líquido que enrojecía mi piel, incluido aquel triste sábado cuando mi madre ya no soportó ver lo maltrecho que estaba, con el torso amoratado y las espinillas reventadas a culatazos. ¡Animales! Gritó al teniente quien, sin inmutarse, sacó de un pulcro expediente una hoja que enseñó a mi madre. Lea acá. Su hijo ya no es suyo, es de la Patria, usted lo trajo para que la Madre Patria lo educara. Muda, dio la media vuelta llevándome con ella, a mí, al aspirante a orgullo familiar, al héroe genealógico dado de baja con los máximos deshonores. Hasta el día de hoy no puedo evitar un sentimiento de derrota, de ausencia de algo.

Salgo del baño directo al frigobar buscando entre platos sucios y bolsas oscuras una bebida que me libere del punzante dolor en la nuca. Para variar debuto una úlcera gástrica, consecuencia de mis experimentos por comer un día no y otro tampoco, porque el salario de policía en una empresa privada no da más que para beber agua ardiente, el único líquido quemante que disfruto desde aquella mañana cuando deserté del Colegio.

Camino con rumbo al mercado donde el Licenciado me espera para afinar detalles del trabajo. Las punzadas en el cuello no disminuyen y antes de ver al sujeto decido ir al pasillo de medicamentos naturistas. ¡Pásele joven!... ¡Qué vausté llevar! La voz del vendedor atraviesa mis oídos. ¡Prostalín joven!... ¡Un frasco le rinde un mes!... ¡Semen espeso y abundante!... ¡Erecciones duraderas!... ¡Satisfacción garantizada! ¡Pásele pásele! Huyo hasta la sección de enseres domésticos donde descubro cuchillos de diferentes tamaños y formas. Entonces decido improvisar:

Mandaré llamar a la víctima con uno de los chicos que corren entre los puestos empujando carros de supermercado. Le pediré a uno de ellos le diga al desconocido que una mujer lo espera en la sección de medicina alternativa. El chico será convincente porque le pagaré bien el favor. La víctima dudará un segundo, no más, luego se levantará hasta donde Yo, el fracasado aspirante a héroe de la patria, espero agazapado con un cuchillo para destazar cerdos.

No hay mensaje oculto en el arma elegida, pura casualidad, lo justo para el plan de tres estocadas y un sangrado interno mortal, técnica aprendida en los días del Colegio, donde un teniente nos enseñaba tácticas específicas, sin apasionamientos, contra un cerdo colgado de una viga: La primera penetración en el lado izquierdo del cuello. La segunda bajo la axila izquierda y la tercera estocada a la altura del pulmón del mismo lado, hasta adentro y hacia arriba, sacando rápidamente el cuchillo para colocarlo en las manos de la víctima, quien lo sujetará por puro reflejo.

Visualizo las posibles rutas de escape eligiendo la zona de carga y descarga del mercado. A veces me sorprendo de mi velocidad en el trazado de un plan que sé no fallará, a menos que suceda una fatalidad, como aquella sucedida cuando maté por primera vez, haciendo méritos para ocupar una plaza de policía judicial en la ciudad. Todo esta leve mi Mercurino, me dijo El Diablo, y eso aparentaba hasta que los dueños de la ferretería se negaron a pagar la cuota mensual. El Diablo sacó la pistola para amedrentarlos sin imaginar que los hermanos harían lo mismo, mostrando sendas escopetas, las cuales dispararon sin mediar palabra alguna fulminando a El Diablo. Saqué mi pistola comprada en la academia de policía despachando de dos disparos a los hermanos rebeldes, quienes ya me apuntaban al pecho. ¡Pinche Diablo! Grité, huyendo del lugar sin testigos pero con la angustia de saberme fugitivo y asesino, sin un plan para la inesperada fuga. Ahí comprendí que trabajar solo era mejor, porque los tratos directos dejan ganancias netas, sin cuotas de ningún tipo.

Camino rumbo a los comederos donde descubro al Licenciado, impaciente. Buenas tardes don Licenciado, disculpe la tardanza pero estaba resolviendo algunos detalles peronales. ¿Dónde está el paquete? El Licenciado me pide mire discreto rumbo a la sección de mariscos. Es el hombre calvo y playera verde. Simulo sacudir mi hombro girando levemente la cabeza para ver al individuo. Entonces me relajo. El olfato me traiciona exigiendo alimento, porque hasta antes de eso no he desayunado más que saliva. Quiero comer un caldo y tacos, luego hago lo otro, le digo al Licenciado, quien me contesta malhumorado que no hay tiempo, que ya casi termina la futura víctima. Licenciado, un caldito nomás, suplico, para quitarme este sabor amargo de la boca. Come un chicle, me contesta, porque esto no debe tardar ni un minuto más.

Encabronado intento levantarme cuando un grueso fajo de billetes de baja denominación rebota contra la mesa. Ahí está una mitad, la otra cuando termines, luego te invito los caldos que quieras pero en un lugar chingón, con unas cervezas por delante, no en este comedero de mierda, remata el Licenciado. Sujeto el fajo de billetes y lo guardo en el bolsillo. ¿Cuánto es? Pregunto. Mil pesos, los otros mil cuando termines, contesta el sujeto. ¿Dos mil? No Licenciado, por dos mil no lo hago; le informaron mal. El hombre comenta, extrañado, lo dudo porque quien me dio tus referencias garantizó que esa era tu tarifa. ¿Tarifa? Pregunto al tiempo que estalla la punzada en el cuello, luego la convulsión por la úlcera que no me deja en paz, mucho menos estando tan cerca de los caldos, de las garnachas, de los tacos fritos y la comida china.

Intento serenarme, sé que puedo llegar a un buen arreglo; ya estamos presentes todos los involucrados. ¿Y por qué lo quiere usted muerto, Licenciado? Pregunto en un intento por alinear la circunstancia de mi lado, porque si por mi fuera, ya me hubiera largado de ahí a la cantina de Luciano y fiar un par de caguamas para levantarme el ánimo, y de paso quitarme esta punzada de la nuca, además del asco provocado por el líquido verdoso y sanguinolento que me viene de adentro. No es nada personal, ataja El Licenciado, es cuestión de mera política, un asunto de líderes transportistas. ¿Usted es transportista, Licenciado? Pregunto, al tiempo que giro la cabeza buscando al chico que sirve el mondongo. No, no lo soy... pero lo seré. ¿Y ese compa no lo conoce a usted, Licenciado? Insisto mientras busco quien me sirva un maldito caldo. No, no me conoce, ni me conocerá... así es la vida.

¿Sí, verdad? Así es la vida de breve y cabrona, Licenciado. Me doy cuenta que ya no tengo tiempo para el pinche caldo, entonces decido terminar el asunto. Saludo a la futura víctima quien se pone de pie devolviéndome el saludo. El Licenciado se desconcierta, intenta fingir que no ha visto nada pero el sudor en la frente lo delata. Dos mil pesos es una mierda, repito. La futura víctima se acerca por un costado y me abraza, jovial. Sonriendo recuerda lo chula que estuvo la borrachera de anoche, y que lo ahí hablado seguía en pie, porque él era un hombre de palabra, y desde ese momento me consideraba su asalariado, su protección para cualquier amenaza de algún hijo de la chingada que quisiera madrugarlo. No se preocupe mi líder, de eso tenga usted la seguridad, no por nada me educó la patria, pa' ser leal.

Mi jefe apenas alcanza a mirar de soslayo al Licenciado, luego de un segundo abrazo se aleja caminando sin prisa entre las mesas de plástico. El Licenciado intenta huir pero lo atrapo ensartándole el cuchillo en el costado izquierdo del cuello. Con la destreza aprendida en el Colegio Militar encajo una segunda estocada en la axila izquierda, terminando con la tercera penetración en el pulmón del mismo lado, hacia arriba, cuando ya el cuerpo del Licenciado se inclina hacia adelante. Lo sostengo evitando cualquier movimiento que rompa la armonía entre los comensales. Han transcurrido pocos segundos, los suficientes para que la sangre inhunde torax y pulmón, ahogándolo.

Lo acomodo en la mesa y de inmediato camino a la salida donde me espera mi nuevo jefe. Oigo a mi espalda el murmullo que se comienza a convertir en espanto, y pienso que dos mil pesos siguen siendo una miseria es este país de mierda, un país devaluado hasta en el nombre, porque dos mil pesos es lo que cobran los pendejos, los que no tienen trayectoria por servir a la Patria ni vocación de Héroe Nacional.

La luz del sol me cala hasta el hueso y las punzadas en la nuca están en su máximo esplendor. Del asco ya no quiero saber nada, un frío bárbaro en el estómago y el sabor amargo en la boca son insoportables. Una cerveza bien fría me levanta de volada, pienso, al tiempo que acaricio el desgastado hato de billetes en mi bolsillo sin poder evitar ese sentimiento de derrota, de ausencia de algo que ahora me jode más que nunca.

lunes 5 de septiembre de 2011

El Pintor




-Yo me di cuenta de que estaba muerto, porque hablaba en latín -me explico Angel Vázquez.

Además, se sabia. Hacia tiempo que Urbano Lugris, artista pintor, yacía bajo tierra. Pero aquella tarde, Angel había subido a la torre, para esperar el otoño, y se lo había encontrado.

Desde lo alto de la costa gallega, Angel estaba contemplando el otoño, que venia de la mar, y el otoño era una luz blanca que invadía el cielo, limpio de nubes. En esa paz estaba Angel, blanca brisa, aire nuevo, cuando descubrió que tenia al artista a su lado. El viejo dijo alguna de esas maldades muy suyas, que en latín sonaban raro, pero río como siempre reía, que no era con la boca sino con sus peligrosos ojos de niño encendidos bajo la maraña del pelo.

Y entonces, de pronto, el cielo se enloqueció: se alboroto, se oscureció, y en la súbita negrura aparecieron bailando unas nubes venidas quien sabe de donde, nubes de oro, nubes de fuego, nubes de vino, y luego llegaron los relámpagos y las acuchillaron. Y tembló el mundo, sacudido por los truenos, y sobre el mundo se desplomo una lluvia del fin del mundo.

Angel grito:

-!Don Urbano !Pinte eso, hombre!

Inmóvil bajo la lluvia violenta, el artista echo un bufido de perro viejo.
Fue en latín, pero dio para entender:
-!Pero no ves que estoy muerto, carajo!

Eduardo Galeano
Cuentos Inclasificables

viernes 19 de agosto de 2011

Segunda muerte



Lázaro ordenó el desayuno acostumbrado. La mesera dispuso los utensilios necesarios, le preguntó si deseaba beber algo. La luz matutina se filtró por la diminuta ventana hasta estrellarse en su espalda. Le sirvieron horchata, luego de un sorbo pidió un par de hielos. Miró su reloj y notó que faltaba un cuarto de hora para las diez. Revisó en su mente los compromisos para esa mañana sin hallar algo, sólo que debía desayunar y salvar a su estómago de una posible gastritis.

Sara apareció a su izquierda con el cabello suelto, pantalón de mezclilla, blusa escotada y sandalias. Acercó una silla y por un instante fijó sus ojos en él. Ella respiró profundo y le sugirió a Lázaro se fuera de ahí, que no debía buscarla más. Sara, decidida a trascender, había visualizado un cambio de vida, un golpe de mano a ese amor que sentía parecido a una nostalgia negra.

Él no se inmutó, comenzó a hablar de lo rico que sabían las garnachas al sur de la ciudad, luego destacó lo sabrosa que era la carne asada frente al teatro Rabasa. Prometió a Sara, si no tenía nada mejor que hacer el fin de semana, invitarla a comer hamburguesas a un costado de la catedral. Ella insistió en su deseo por alejarse, por irse a otro espacio; trascender. Lo consideraba justo, no más incertidumbres ni espantos; no más angustias ni sudores fríos.

Lázaro bebió la horchata y miró su reloj suizo, una pieza de correa negra, carátula blanca y diminutas esferas doradas en lugar de números, señalando con las manecillas del mismo color las nueve cuarenta y cinco. La mañana no podía ser más oscura y un escalofrío le recorrió la espalda. La mesera se acercó para recibir la orden. Lázaro miró el descarapelado menú sin decidirse. La mesera destacó la variedad de la comida chiapaneca, aunque igual abusó en los halagos por la blanca Mérida. Pero si de bebidas se trataba nada como el tascalate o el agua de chía.

En minutos, Lázaro fijó sus ojos en el humeante plato. Sintió el asco reptando por su esófago. No supo cuándo se había muerto el amor, menos Sara, quien distraída comentaba lo agradable que era desayunar con él, sobre todo a esa hora de la mañana, con el cielo cerrado y a punto de estallar una tormenta. Sara lo apuró a terminar el desayuno y le dijo que se hacía tarde para ir al zoológico. Lázaro vio su reloj y un cuarto para las diez imperturbable, seguía en la carátula.

Ella fijó su mirada en un par de sompopos combatiendo por alimento entre los canales de la baldosa de Bilbao. El macro y el micro cosmos iluminado en el piso de la lonchería. La tierra girando a cientos de miles de kilómetros y ella pegada al suelo. El mareo llegó de súbito, la calle se puso de cabeza y la oscuridad se apoderó del entorno.

Él, sin decir palabra alguna, se alejó sin pagar la cuenta, al tiempo que hablaba de un posible viaje a las ruinas de Tenam Puente el fin de semana, de las bondades de los meses sin intereses; de lo tarde que era ya, que la mañana se iba volando, que faltaba un cuarto para las diez.

martes 26 de julio de 2011

La yerba mate




La luna se moría de ganas de pisar la tierra. Quería probar las frutas y bañarse en algún río. Gracias a las nubes, pudo bajar. Desde la puesta del sol hasta el alba, las nubes cubrieron el cielo para que nadie advirtiera que la luna faltaba. Fue una maravilla la noche en la tierra. La luna paseó por la selva del alto Paraná, conoció misteriosos aromas y sabores y nadó largamente en el río. Un viejo labrador la salvo dos veces. Cuando el jaguar iba a clavar sus dientes en el cuello de la luna, el viejo degolló a la fiera con su cuchillo; y cuando la luna tuvo hambre la llevo a su casa. "Te ofrecemos nuestra pobreza", dijo la mujer del labrador, y le dio unas tortillas de maíz.

A la noche siguiente, desde el cielo, la luna se asomó a la casa de sus amigos. El viejo labrador había construido su choza en un claro de la selva, muy lejos de las aldeas. Allí vivía, como en un exilio, con su mujer y su hija. La luna descubrió que en aquella casa no quedaba nada que comer. Para ella habían sido las últimas tortillas de maíz. Entonces iluminó el lugar con la mejor de sus luces y pidió a las nubes que dejasen caer, alrededor de la choza, una llovizna muy especial.

Al amanecer en esa tierra habían brotado unos árboles desconocidos. Entre el verde oscuro de las hojas, asomaban las flores blancas. Jamás murió la hija del viejo labrador. Ella es la dueña de la yerba mate y anda por el mundo ofreciéndola a los demás. La yerba mate despierta a los dormidos, corrige a los haraganes y hace hermanas a las gentes que no se conocen.

Eduardo Galeano

jueves 21 de julio de 2011

Doctor cuasi compadre


Se supone que recomiendas la lectura y me dices que no lea, ¡qué onda vos? Leer me acorta el día, permite transportarme a otras realidades, otras vidas, un verdadero placer solitario. Podría escribirte un libro en defensa de la lectura y los derechos del lector, y un compromiso del lector mexicano es luchar contra la ominosa estadística de 2 libros por mexicano ...¡en toda su vida! Espero que solo sea vil y burdo sarcasmo cuasi compa.

En cuanto a ser un ñoño o nerd en medicina recuerda que el pediatra se encarga de tu chiquito y es su placer, vértelo crecer.

El día de ayer viví un escenario de guerra: oficiales militares nos trajeron a un niño de 10 años que le estalló una granada de fragmentación que de pura casualidad dejaron abandonada en su campo de prácticas en la sierra. Cuidando a sus cabras refiere que la pisó, se resbaló y cayó, en ese momento explotó, destrozándole la carne de la parte posterior de ambas piernas, fracturándole tibia y peroné del pie derecho, volándole todos sus vasos. Le voló la mano derecha y el pulgar de la izquierda, dos esquirlas entraron en su abdomen, quien sabe qué tanto destrozaron... una verdadera carnicería. Ahora está en terapia intensiva en el Hospital para el Niño Poblano, con un catéter yugular externo al corazón que le coloqué, ya sin sus piernas y sin su mano derecha, con una muy terrible historia que contar. Sospecho que el ejército está ensayando minas antipersonales como pasó en Vietnam, en Cuba, en Irak y en unos cuantos otros etcéteras. ¡Jamás pensé enfrentar un escenario de guerra, y mucho menos en Acatlán de Osorio! La paz es una verdadera fantasía ... sólo está en el interior de los sepulcros. Pero como dice Bosé: ¡nunca pasa nada!

Estas invitado de primera línea al bautizo de mi hijo para darme la oportunidad de darte un abrazo no joto por ser mi compadre. Juancho se cuela a ser mi compadre por el evangelio. ¡A güevos que vamos a brindar aunque me peguen agruras!

Vive con intensidad (Imperativo categórico).

miércoles 20 de julio de 2011

Vocación


García... ¿cuándo supiste que querías dedicarte al fútbol? Digo, no es que seas muy viejo pero aún estás a tiempo de conseguirte un trabajo que no sea en una cancha de juego. Digo, para vos estar siempre en la banca ha de ser jodido... el Chuchín es buen guarda meta y, si no sucede otra cosa, va a seguir así por muchos años... ahora que, si te animas, igual puedes hacerle como yo cuando me inicié en el balón pie, allá en el Barrio de Atocha... cerca del Sospó... ¿no sabes dónde está el Sospó? No mames, García, el Sospó es como... como... como el pasto sagrado de Wembley... ¿dónde está Wembley? Uta mano, si te buscas otra chamba después del fucho, que no vaya a ser de taxista, porque te vas a morir de hambre... ¿Que qué es Sospó? Me preocupas pinche García, pero antes de contestarte te cuento que, cuando era yo jugador de barrio, una tarde, mientras entrenábamos en un lote baldío vimos estacionarse un camión de Agua Electrón y cerca de él otro, pero de Electropura. Se bajaron un chofer y dos ayudantes por cada lado. Apenas y se hablaron... digo, un “chinga tu madre”... otro “la tuya, pendejo”... y sin más se tundieron una golpiza sin tregua ni respiro, digna de un campeonato de boxeo. Al final se doblegaron los de Agua Electrón, prometiendo no transitar más por el barrio, que por supuesto fue durante esa semana de Electropura, porque a la semana siguiente ya eran otros los empleados y era otra la batalla... ese día decidí ser jugador de fútbol... ¿Y qué con la historia? Pinche García, uno tratando de brindarte experiencia de vida y te pones perro. Trato de decirte que si terminaba de empleado en alguna embotelladora me iba a tener que madrear a diario, porque en mi barrio la gente hervía su agua y luego lo guardaba en tinajas de barro, que la mantenía fresca, limpia y sabrosísima. Digo, nadie compraba los pinches garrafones... ¿y eso qué? Pinche García, lo que te digo es que debes jugarte la titularidad retando a una madriza al Chuchín, si ganas lo mandas a la banca; así de fácil. ¿No sabes pelear? Uta mano, entonces debes considerar poner un cojín a tu asiento para que estés más cómodo, porque la temporada será larga... ¿qué es entonces el Sospó? Inche García, hasta la pregunta ofende. El Sospó es... es... es mi pasión.