Voalá!

viernes, 25 de noviembre de 2016

A lo blu


 

Firma el contrato así nomás, a lo “Blu”, luego desaparece la pluma nacarada entre sus manazas, las mismas que casi descuajan la cabeza de Rodolfo Guzmán aquella memorable tarde generosa en esfuerzo, llaves y contra llaves, decidido a terminar de una vez por todas con la polémica sobre quién era el ídolo de ídolos, venciendo en la tercer caída a El Santo, su némesis en la nueva película que ahora los convoca.

En dicha producción se representa a sí mismo, víctima de un trance hipnótico inducido por el malvado científico Aquiles, quien le ordena eliminar al enmascarado de plata. El demonio azul no memoriza el libreto, aunque cobra como si lo hiciese. Le da lo mismo hablar o no porque nunca oye su voz cuando asiste a los estrenos. Incomodidad pasajera, sin importancia porque ahí, entre las duras butacas del cine Popotla no es el “Blu”, ni está en la Atlántida. Es el padre amoroso, el espectador rodeado de amigos y familiares, sodas y frituras. En la pantalla se escucha el mismo tono de una veintena anterior de películas, donde Víctor Alcocer le dobla la voz con timbre cautivante, aunque ajeno a la vida profesional de luxaciones, fracturas y moretones en lugares casi imposibles de imaginar.

En la película no hay super poderes ni armas espectaculares, solo sopapos y porrazos, actrices de caderas anchas e identidades secretas. El Santo responde al nombre clave de X21. El presupuesto apenas si ajusta para el avitualle de las estrellas del pancracio: tandas individuales y abundantes de bebidas, frutas y carnes frías. El empresario no entiende cómo Blue Demon y El Santo no son amigos fuera del cuadrilátero, menos X25, la bella co-estelar, quien en el receso se escapa hasta el camerino de Rodolfo Guzmán, para experimentar una versión porno de la llave que tanta gloria le ha dado sobre el cuadrilátero. Con chance y hasta conozca el rostro de El Santo, porque del Blu no se le antoja ni la "Nelson", una llave menor y menos elegante que la “de a caballo”.

Mientras X21 le truena el ejote a X25 en algún rincón de los Estudios Churubusco, Blue Demon, sin máscara y con traje deportivo, disfruta de la tarde en Coyoacán. Se sabe en la cúspide de la fama y traza su futuro: envejecer con la identidad a salvo, rodeado de nietos, hijos y de Goyita, su esposa; y cuando dios lo llame a cuentas, tener una muerte tranquila, sin sobresaltos. De esto último nada sabe, porque uno puede morir de muchas maneras, pero morir al fin.

Treinta y un años más tarde, desde el sereno cielo de los demonios cae un trueno azul sobre la estación Potrero, justo en el corazón de Alejandro Muñoz. La gente viene y va sin inmutarse del derrumbe. Paran de golpe su frenética marcha cuando Goyita, de rodillas, le pone la mítica máscara cual si se tratara de un dios al que se adora. Entonces el demonio convocado se agiganta, se manifiesta en cada destello azul de la tela: Blue Demon tendido sobre el sucio asfalto, invicto, regresa para no partir jamás.


martes, 10 de mayo de 2016

Bugatti

Isadora Duncan. 1921

“Los cuerpos nunca mienten” murmura Isadora al oído de Falchetto, su affair, quien pone en marcha el motor del falso Bugatti. Isadora, mar de fondo, vive a contracorriente. Se sabe diosa y como tal no teme equivocarse. Ama a diestra y siniestra forjando en cada poro de su piel sinuosas cicatrices de vida donde caben los mares propios y ajenos.

“El amor puede ser un pasatiempo y una tragedia” dijo en otro momento a alguien que ha olvidado. Las noches en Francia fueron el lugar ideal de amoríos horizontales con ninfas y sátiros, ambas orillas de un mar propio plagado de espumante resaca, oleaje que la adoptó desde niña para danzar indómita, única y mágica. 

Otro día confesó: “De mis amores pasados, amé a quien más me amó”. También se dio tiempo para responder a quienes la insultaron, la abuchearon o la compararon con el ruso Nijinsky. “Mi danza no es pobre ni limitada, es revolucionaria”. Los críticos, ilusos, pensaron la destruirían con sus juicios pero ella estaba hecha de aire marino, de sal gruesa capaz de moldear la desgracia más desdichada, como la muerte de sus dos hijos, ahogados en lo profundo del Río Sena. En esa mitología personalísima los Dioses le demandaron la vida de los pequeños y ella, no sin dolor, aceptó su destino. 

Entonces danzó y danzó semidesnuda, recreó el tiempo y el espacio en los meandros de su cuerpo. Se abandonó a los designios de otros mares en atormentada libertad al compás del delirio. Estaba por alcanzar la sinestesia perfecta negada a los mortales, atributo reservado solo para ella, quien palpitó con el mar del Universo.

“Me voy al amor” le dice a su amiga Desti, antes de partir a bordo del falso Bugatti, que avanza veloz. Ella, feliz, envuelve su cuello con la extensa tira de seda, cuando uno de los extremos se enreda en la llanta izquierda. El cogote de Isadora cruje bajo el fino satín. Falchetto mira cuando el cuerpo de la bailarina, níveo el rostro, flota en cámara lenta sobre el Bugatti antes de romperse contra el asfalto, como una ola.

jueves, 21 de abril de 2016

Pregúntale a Alicia



¿Y cómo me hice lector? Tengo varios recuerdos, y varios culpables. Pero esa mañana conté de cuando conocí a una chica, que leía: Pregúntale a Alicia. Lo hacía en las horas libres y durante el recreo. En primero de secundaria casi ni me fijé en ella, pero en segundo grado las cosas fueron distintas.

Una mañana de un día cualquiera de 1987 (sí, del siglo pasado) antes de ir corriendo a la cancha de fútbol, me quedé admirando su cabello negro, grueso, y su perfil. Estaba concentrada leyendo el mentado libro. Salí despacio, sin dejar de mirarla. Fueron segundos cruciales, porque bastaron para quedarme atrapado, deseando que se fijara en mi. Claro, yo tenía varias desventajas. 1. Era (soy) feo. 2. No leía. 3. Me encantaba el recreo.

Compré una versión de Alicia, a un costado de la catedral de San Marcos. Luego, llegado el recreo, contrario a mis costumbres futboleras, me quedé dentro del salón, dispuesto a leer mi usado pero flamante libro. ¡Gasté dinero en un libro! Lo que hace el poder del amor... a la lectura, claro. Ella me vio de reojo, pero no me dijo nada. Fueron minutos eternos. La panza me gruñía de hambre, gruñó más cuando ella sacó su lonchera y se puso a comer su colación, sin dejar de leer. Resistí estoico no sólo el hambre, sino las mentadas de madre de mis compañeros de salón, y de equipo, quienes al término del recreo, me reclamaron que se había armado la reta con nuestros archirrequeterrecontraenemigos del segundo B, y que habían perdido, y que yo era el culpable de la derrota, por no haber bajado a la cancha para reforzarlos.

Yo no pude defenderme. De hacerlo, hubiera confesado que no había salido por quedarme a leer Pregúntale a Alicia, porque deseaba que "Ella" se fijara en mi. Hasta antes de conocerla mi relación con los libros no tenía ni pies ni cabeza. Pero ellos no iban a entenderme porque los jugadores de fútbol éramos unos consagrados a eso: sudar y sudar como marranos bajo el sol del medio día, tratando de emular a nuestros ídolos pamboleros. A media clase descubrí que "Ella" me observaba. La sorprendí, pero lejos de desviar la mirada, la sostuvo, y la acompañó con una media sonrisa, que yo sentí era el atisbo del paraíso prometido.

Dos recreos más me encontraba sentado al lado de "Ella", leyendo en silenco, para contarnos después lo más interesante, y compartir puntos de vista con relación a si era cierto o no que una chica pudiera llegar a tanto, y que esto y lo otro, la verdad no recuerdo bien, porque ella hablaba más que yo, quien estaba embobado viendo sus labios gruesos, rojos, y esas pestañas enormes que enmarcaban sus ojos, negros como la noche. Poco me importaba lo que dijeran mis amigos al regresar del recreo. ¿Me hice novio de "Ella"? No, pero me hice lector, que no es poca cosa, jejeje...

domingo, 3 de enero de 2016

El último ciudadano

(https://commons.wikimedia.org/wiki/Category:Mir#/media/File:Moonmir_sts91_big.jpg)

(Casiopea: canción dedicada a Serguei Krikalov)

"La Tierra es la cuna de la Humanidad... Pero no 
se puede vivir para siempre en una cuna".
Konstantin Tsiolkovsky (1857-1935)

La Mir* flota en el espacio y la Voyna** camina en la Tierra. Es el día 221, a más de 350 kilómetros de altura. Serguéi Konstantínovich Krikaliov caza entre las múltiples ondas radiales la señal de algún radioescucha, la mayoría camioneros con bitácoras repletas de kilómetros e historias, la mejor compañía para hablar sobre rutas, sentires y deseos. En términos prácticos, la cabina de un trailer es similar al Kvant, uno de los módulos de la estación espacial donde Sergei orbita la Tierra desde el 18 de mayo de 1991. Reemplazos suben y bajan pero a él se le ordena seguir en órbita, la cual completa cuatro mil quinientos treinta y seis giros, en algo cada vez más parecido a un naufragio.

Los planetas, galaxias y cúmulos vistos por el cosmonauta a través del telescopio infrarrojo, revelan el caos más hermoso negado a los ciudadanos de a pie. El enjambre de estrellas titila en la negrura del espacio y las constelaciones se le confunden en la mirada, un firmamento diferente al conocido en su infancia, allá, en Leningrado.

Aún no lo sabe, pero mil ochocientos cuarenta y tantas órbitas después, Serguei descenderá en un país que ya no es el suyo: Kazajistán. Dinero alemán sufragará el deseado aterrizaje en la estepa kazaja. La URSS ahora se llama Rusia. Lo cegará el destello de las cámaras en la rueda de prensa, aunque responderá, disciplinado, a las cuestiones técnicas. Luego alguien preguntará “¿Lloró alguna vez en todo este tiempo?”. Habrá silencio.

Ahora, viajando a una velocidad endemoniada, confinado en ese cilindro achacoso, no alcanza a ver ninguna frontera, uniones o desuniones territoriales, golpes de estado ni ciudadanos poblando el planeta Tierra. Glásnost y Perestroika (mencionados hasta el hartazgo) son iguales al ruido del extractor que recoge sus lágrimas, esferas diáfanas del destierro, huérfano de hogar, de mundo. Serguei es ahora un grano de arena en el mar del universo, una mota de polvo en espera del halo solar… en espera de él mismo: otro.


*Mir: Paz.
**Voyna: Guerra.

domingo, 21 de junio de 2015

Chica Rubik




Veinte minutos eran suficientes para llegar a tiempo al trabajo. El Conejoblues apareció por el costado del puente peatonal hasta detenerse debajo de la estructura. Iba a subir cuando una chica se me adelantó, sin decir por lo menos “¡Ahí te voy, viejo!”. Me conformaba con que no eligiera el único lugar que me gusta del autobús, pero como si hubiera escuchado mis pensamientos, fue a sentarse precisamente ahí, en el último asiento de la derecha junto a la ventana. Incómodo, no tuve más opción que sentarme a su lado. Si no iba a estar donde yo quería, al menos sí lo más cerca posible.

El camión arrancó y yo me dispuse a continuar la lectura de Muertes Históricas, escrita por Martín Luis Guzmán. Cuando sacaba el libro de la mochila, vi que la usurpadora manipulaba un cubo rubik con gran destreza. Era de colores chillantes, no el tradicional ochentero, como los dos que cargaba yo en otro de los compartimentos de mi mochila. El de ella estaba impecable, casi nuevo. Los míos no, a uno se le habían caído los recubrimientos plásticos, lo que provocó se le borraran los colores por el uso. El otro cubo estaba comenzando a perder los recubrimientos, y le esperaba un destino igual.

De a poco fui hipnotizado por el veloz movimiento en los dedos de la invasora, aunque ahora ya no me parecía tanto. Discreto, la miré desde sus largos dedos hasta la punta de las hermosas pestañas, sin maquillaje. Traté de sumarme a los algoritmos de sus manos pero fue imposible, antes de llegar al semáforo el huracán que había atrapado al cubo desapareció, dejando los colores perfectamente alineados. Acto seguido suspiró hondo extraviando la mirada sobre el toldo de los vehículos. 

Iba a reiniciar mi lectura pendiente pero la curiosidad me distraía. ¿Traerá otro cubo en su bolsa? ¿En cuántos minutos armará el cubo? ¿En cuantos segundos? ¿Tendrá voz de locutora? ¿Sera de signo Virgo? Había leído que a las mujeres de Virgo les encantaba usar encaje en la ropa interior. Un bache y la posterior sacudida hizo saltar el libro hasta ella, quien me lo devolvió, sonriente. Sin más, la abordé:

— Lindo cubo. ¿Dónde lo compraste?
— En la Internet.
— Ah... ¿Qué marca es?
— Es chino.
— Ah... Es lindo.
— Tengo otro pero es el tradicional, aunque más moderno porque es todo de plástico. Pero éste es un Dayan 5, lo mejor que he tenido.
— Ah... ¿Y cuánto tardas en armarlo?
— Tres minutos... a veces dos y medio... depende de mi estado de ánimo.
— Ah... Se ve suave.
        — Es bastante suave, ¿quiere probarlo?

Sujeté el cubo, maravillado. Era de una suavidad parecida a la del betún, casi extraterrestre. Los míos en cambio estaban duros y bastante deteriorados. Con el de la invasora sentí que tocaba las grandes ligas del Rubik. Una pieza digna de sus delicados dedos. Levanté la vista y fue entonces cuando tuve la epifanía, que se reveló frente a mis ojos en forma de la Diosa Rubik, vestida con ropa interior de encaje, de colores iguales a los del cubo. No había nadie más dentro del Conejoblues, tampoco baches, topes, ni semáforos. Solo ella y yo, quien estaba listo para preguntarle su signo zodiacal, y con esto último, declararme como su más humilde esclavo, rendirme ante ella y confesarle (no sin gran vergüenza) que yo también era de la logia Rubik pero veterano, de aquella generación del primer cubo de pegatinas, luego de triángulos y esferas, y que durante los ochentas de un siglo que ya no existe Ella, la Diosa Rubik, me había acompañado hasta la secundaria.

— Señor... ¿Me devuelve mi cubo?
— Ah... Este... sí, claro... quería decirte...
— Lo siento, debo bajar.
— Ah... Sí, claro...
— Gracias señor... Hasta luego.
— Ah... Sí, hasta luego.

Ya no alcancé a decirle que yo era usuario del Conejoblues y podíamos vernos alguna otra mañana en la estación principal y armar juntos el cubo mientras el camión avanzaba por la devastada ciudad, tal vez armarlo con algunos grados de dificultad, como estar de pie en el pasillo, o poner retos menos peligrosos armándolo entre un semáforo y otro, quizá con uno de nuestros brazos entrelazados, o mientras nos mirábamos a los ojos. Eran tantas maneras de unir nuestros algoritmos, de quebrantar el orden del caos en el Olimpo de los cubos rubik, donde jamás aceptarían a un mortal junto a una Diosa.

Pero eso no era posible en otro espacio que no fuera en el Conejoblues, en el último asiento de la derecha junto a la ventana, el preciso lugar donde se había escindido el tiempo y el espacio cubikiano, donde las dimensiones se trastocaron eligiendo a un veterano como yo, quien armaba los cubos de llavero, tradicionales, de triángulo y esféricos donde fuera y contra quien fuera. Yo, un empleado de mostrador, sin algoritmos a la mano para triunfar en ésta maldita ciudad repleta de fracasos.

sábado, 20 de junio de 2015

Chopper



Luego del silbatazo final me colgué la mochila sin quitarme los tacos de fútbol, monté mi Chopper y giré a toda velocidad, levantando la gravilla del callejón del Sospó. Esquivé las jardineras del parque Niño de Atocha y una vez sobre la avenida, pedaleé duro las seis cuadras que me separaban del parque Vistahermosa, sin importarme los posibles calambres en las piernas.

Estacioné la chopper, mi bicla por elección propia un día de Reyes, cromada en color vino y plata, asiento en “L” de cuero negro, pedales con fantasmas naranjas y lo más fregón: el angulado y largo manubrio de barra doble que terminaba sobre los pernos de la pequeña llanta, contrastando con la trasera, más grande y ancha, con amortiguadores. En el barrio mis amigos y yo le atorábamos a las biclas un bote de plástico entre salpicadera y cuadro, para sonar igual a una moto. 

Dalila apareció frente a mí, hermosa. Su largo cabello brillaba con el atardecer tuxtleco, que delineaba el resto de su cuerpo. Vestía overol de mezclilla, blusa celeste y tenis blancos. En medio del alucine alcancé a oír que me decía: ¿Me llevarás a dar una vuelta, o qué? Por reflejo me pegué al respaldo del sillín. Ella se cruzó de brazos, para decirme: ¿Cómo vas a manejar? ¿No debes ir adelante? 

Yo ni la oía... me sentía soñado imaginando la cara de envidia de los compas del barrio al verme pasear junto a ella en la Chopper, sin el ruido chafa de “moto Cloralex”... Ella y Yo flotando sobre la Tierra... Dalila me trajo de vuelta: ¡Toño! ¿Me subo atrás, o qué? Yo, en estado de gracia, le ordené: Tú adelante y manejas, yo pedaleo. Ella se subió, divertida. Pedaleé sin prisa, luego le susurré al oído: Puedes llevarme a donde quieras. Entonces su cabello me acarició el rostro y su espalda se pegó contra mi cuerpo. La sangre se me agolpó al instante en la entrepierna. Comencé a pedalear más rápido pero no aceleraba, entonces descubrí que ella conducía rumbo a La Antena, una loma que hasta los burros se negaban a subir. 

La sangre siguió llegando y los calambres también. Yo resoplaba cual mula, la chopper amagaba reparar a cada pedalazo y Dalila se me pegaba cada vez más. Lo siguiente fue culpa de la física natural y la mecánica. La bicla reparó, yo me sujeté a Dalila cual escarabajo, al compas de las contracciones por los fluidos y los calambres intensos... peor que un chucho. ¿Y Dalila? Despareció de la loma y de mi vida.