En el estadio me esperaban un helicóptero y un hombre alto, entrecano, quien me entregó una maleta, gritando, ¡nos vamos a Canadá! Pensé en lo absurdo del hecho, sin embargo acepté mi destino. Llegando al aeropuerto, transbordamos a un Jet color negro, el cual despegó de inmediato. Ocupé uno de los lujosos asientos. Sólo viajábamos el hombre entrecano, pilotos y una azafata, quien sirvió un par de copas. Mi curiosidad hizo que abriera la maleta, hallando pasaportes, euros, pistola y un celular, con un mensaje en buzón: Bond, debes eliminar al hombre entrecano, es un doble agente. Toma el control del Jet y vuela a Berlín. Sujeté la pistola y, por aquello de las malditas dudas, liquidé a todos.
Aterricé en Tegel, vestido de frac y con boletos para la ópera en el Korzenthaus. Un segundo mensaje: Bond, Ravinovich nos ha traicionado. La mercancía llegará por barco a Tokio. Debes interceptarla. Luego una llamada, era Ravinovich, quien prometía rebanarme la yugular. Enchilado, azoté el teléfono contra el suelo, a mi ningún pendejo iba a amenazarme. A lo lejos oí la voz de mi hermana, ¡cabrón, despierta! ¡Ya chingaste el control remoto! Si serás... Mejor vete. Me levanté empapado de sudor, encabronado, pensando únicamente en Bond y su maldita red de mentiras.



