Martes por la mañana. El “hombre normal” sale de casa con muchos planes por realizar durante el día. Responder un correo electrónico incendiario, conseguir un vehículo para ir al aeropuerto, iniciar un trámite de contrato de servicios básicos, terminar de leer una tesis y afinar un proyecto literario personal. Y en plena planificación, mientras el “hombre normal” espera el Conejobus, aparece por su costado derecho un hombre maduro, con camisa holgada, pantalón corto, tenis, sombrero de palma y una especie de bastón en la mano derecha. Camina con desenfado. Y al pasar justo detrás del "hombre normal", el tipo del sombrero le dice: “Payaso; Yo te maldigo”, y sigue su camino volteando de vez en vez para mirar con furia al “hombre normal”. Este último sube al camión sin darle importancia a las palabras del sujeto: un loquito, piensa. Llega a su trabajo y se encuentra con la novedad de que necesita corregir en su totalidad un documento de importancia. Inmediatamente después suena su teléfono personal, es un amigo quien le entera que acaba de salir de la cárcel, que necesita dinero. Esta furioso y confiesa que ahora sí ha pensado seriamente en darle un golpe de mano a su vida. Ya asimiló que vivirá con la consecuencia de sus actos futuros. Luego se despide; lapidario. Los documentos para el contrato de los servicios básicos no llegan. El tiempo destinado para la lectura de tesis se esfuma, y del proyecto literario no hay avance. El “hombre normal” se ajusta el cuello de la camisa y se apresta a pedir un vehículo de la oficina, el cual tiene de apodo El Avión. El “hombre normal” recibe una llave rota, le pide a un amigo que maneje y lo acompañe. A duras penas arranca el vehículo. Se dirigen a cargar combustible. Una vez hecho lo propio intentan poner en marcha El Avión sin éxito; se ha ahogado. El “hombre normal” va al super y compra una pinza para poder girar la llave rota. Luego de media hora El Avión sigue ahogado. Sabe que no llegará a tiempo por sus amigos, supone que ya están en el aeropuerto y les llama al teléfono personal. Contesta un extraño, quien dice han dejado ese teléfono en la ciudad de México. El día planificado en la mañana se derrumba. Son las tres de la tarde y aún falta mucho por hacer.
Cuando empuja El Avión a un costado de la calle, recuerda al tipo desgarbado y su maldición. Cae en la cuenta que debe engañar al subconsciente y desencantar dicha injuria, y camina de regreso a su trabajo para pedirle a una mujer religiosa que le de su bendición. Y así sucede. El resto del día transcurre sin contratiempos para el “hombre normal”, hablando con los amigos recién llegados de lo cara que es la vida en México, y de que una opción sería volverse locos, vagamundos, y sobrevivir a costillas del mayor vicio humano: la caridad.
2 comentarios:
Muy bueno, hermano. Me gusta.
Gracias.
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